Ando con la guardia baja, Cacho. Es cierto y me aguanto si me criticás porque hace mucho que no me aparezco por el barrio, pero mirame, ¿te das cuenta? hecho una bolsa de papas después de la pelea.
Si hubiera sabido, capaz que me hubiera "estrenado" un poco más, habría corrido más kilómetros por día o me hubiera comido algún plato menos de fideos. Pero yo era el Torito, y los toros morfan y chupan todo lo que se bancan, ¿no?
Por eso no aparezco por el barrio, porque no quiero que la vieja me vea todavía, con la cara amoratada de la paliza y las manos temblorosas, tanto que hasta me cuesta levantar la media res de la carnicería de Juan.
Pero vos, Cacho que sos un amigo de fierro, no me vas a batir y por eso te acepto el café y esta charla que necesito. Para que alguien sepa que el Torito no está en Italia como le mandé decir por telegrama a la vieja, que se cree que su hijo aún los deja nockau.
No creo que vuelva al ring, y no me digas como siempre que soy el Torito de las Pampas. Porque me siento la vaca floja y ni el chiste fácil me cabe ahora porque me acuerdo de los 45 días de ese viaje en barco con joda y baile, aunque por las mañanas iba y venía de punta a punta al trote y en cueros, sintiendo la espumita salada y las ganas de comerme el mundo que se acercaba cada mañana como si el destino me estuviera esperando en el puerto.
Fue duro cada día de espera en el hotelucho miserable que el manáger consiguió y que seguro le costó unos mangos menos, que sospecho se embolsó muy campante, total el Torito se la banca y le sobra paño –me decía– para ponerlo en la lona al Dempsey ese, que al final no me calentara que era pura finta. Le decían el asesino de Manazas, desde el apodo ya metía miedo.
Fue duro "estrenar" con los esparrings que me consiguió. Unos negros que parecían de piedra, y ni el protector me dejaba poner, para causar más impresión, como si los fuera a asustar, sí.
Pero cuando llegó el día no me importaba nada, ni el agua fría de la ducha me podía conmover, era el Torito frente a su destino que lo llevaba a la fama y la fortuna, pero por la fuerza, como debe ser si naciste entre pobres y te animás a ganarte la gloria de prepo.
Casi no dormí la noche anterior. No te olvidés la fecha, 5 de septiembre de 1923. El estadio, el Polo Ground de Niu York estaba repleto de bote a bote.
Todos trajeados los tipos con sus sombreros de bombín. Me aplaudieron como si me hubieran visto pelear alguna vez. Sonaban lindo los gritos de los latinos que me alentaban y como los insultos no los entendía, sólo sentí alegría.
Yo, con mi bata a cuadros azules y blancos y mi pantalón negro.
El asesino con su pantalón blanco y sus dientes brillando cuando sonreía.
Se lo veía con mucha confianza al tipo. Me llamaron al medio y lo vi a los ojos. El presentador era un tal Joe y hablaba algo de castellano. Me dijo... "sonríe, que se te nota el miedo". Tenía razón.
Y llegó esa campana mágica que me sonó a una voz diciendo acá estás, hacé lo tuyo y te juro que traté, intenté, me esforcé todo lo que pude y con eso, con bolas, aguanté esos primeros segundos hasta que me tiró la primera vez, porque el yanky era bueno, muy bueno. Me pegaba por todos lados, y esquivaba mis piñas con saltitos de bailarín.
Esta cara, Cacho, te dice lo que fue. Tenía los ojitos chiquitos, las luces de magnesio de los fotógrafos me parecían estrellitas de colores. Cuando me agarraba al Dempsey ese, le decía pará, no me pegués más, pero claro, qué iba a parar, me quería matar porque para él yo era también el obstáculo, una espina en su camino.
Caí siete veces en el primer round. Pero el Torito se la banca, es macho. Y de todas me levanté para ir al frente.
¿Y si te cuento que ese golpe en el segundo round que lo sacó del ring fue para sacármelo de encima? Hasta si lo manotié instintivamente porque medio me dio vergüenza que se cayera afuera del cuadrilátero.
Pero estaba allí, la mole blanca de su cuerpo estaba como quería tenerlo, entre las sillas de los fanáticos con los habanos en la boca y los fotógrafos angustiados, que lo querían ayudar para que volviera, y el gringo miraba pa' todos lados, como turco perdido en la neblina.
Quedate ahí, le decía para adentro, no te pares, no vengas. Era una película en cámara lenta como las que veíamos en el biógrafo del rioba, como si sus movimientos fueran calculados despacito...
Y subió. Sus entrenadores le masajiaron los hombros un poco y juntó los puños a la altura de su pecho.
Los flashes lo iluminaban desde atrás, parecía un ángel sin alas recortado en la penumbra con filetes grises del humo de los cigarros.
Le contaron durante 30 segundos, ¿querés creer? Nadie nunca tuvo tanto tiempo para subir después de caer afuera, me explicó mi manáger que al campeón siempre se le da un poquito más, pero 30 segundos no podía ser, los 30 segundos que me separaban de la gloria, eso fue lo que duró mi esperanza hasta que el bestia se me vino encima, para acallar mi suerte.
El segundo round fue lo mismo, el ñato pegando y yo recibiendo y pegando. Caí dos veces más.
Y de pronto llegó justo para meterme esa mano que me sentó en la lona como confundido y preguntando qué hora es. Pero conmigo no tuvieron que esperar, si estaba groggy hacía dos rounds, las piñas del yanky hacía rato que me habían dolido y en el suelo yo mismo me escuchaba pensar, mirá lo que te digo, como un zumbido tranquilo y sereno que casi parecía un arrullo de la vieja cuando estaba para dormir.
Yastá, ahora agarro la pilcha y tranqui me voy pa' la pieza. Vos no cuentes nada varón, bancá mi tristeza con la serenidad de un juez de raya en la cancha de Chicago. No te pido otra cosa, sólo que estés cerca. Y el feca lo pagás vos, ¿no? No me alcanza hoy.


